lunes, 13 de febrero de 2017

Un recuerdo




21 de Junio, tarde de Sol, de pájaros cantando y de alguna que otra nube despistada en medio de la nada. Ella paseaba sola, descalza. Sus pies se dejaban acariciar por la fresca hierba de la mañana mientras pisaba y deshacía las gotas restantes que habían permanecido tras la lluvia de anoche. De una de sus manos, trazando una especie de camino, se dejaban caer trozos de alguna foto que hace poco adoró, pero que ahora formará parte del olvido. Mientras que de la otra colgaban sin entusiasmo el par de zapatos mordidos, destrozados y desgastados, de los que el causante había sido testigo de tantos momentos vividos. Andaba dirigiéndose a un olivo solitario, tan solitario como ella en esos momentos. Se sentó y ahí permaneció largo rato, con la mirada perdida y el semblante serio. A veces sonreía, otras veces lloraba, y alguna que otra vez fruncía el ceño, pero fugazmente. Entretanto, se levantó una pequeña ráfaga de viento, lo que le hizo salir de su ensimismamiento y darse cuenta de que el dia le estaba dando el relevo a la noche. Se puso los roídos zapatos y, justo en el momento en que posó las manos sobre el suelo para levantarse, el aire había dejado frente a ella los trozos de la fotografía, una fotografía perdida en el tiempo. Arrepentida por lo que había hecho y con los ojos brillosos, empezó a recomponer la imagen. En ella aparecía junto a él, su amigo, su hermano, su perro. Con el pelo largo, las orejas caídas y un hocico que le hacía parecer siempre sonriente. Con la nostalgia recorriéndole todo el cuerpo, deshizo la composición y lo metió todo en el bolsillo. Miró hacia el cielo nocturno. Multitud de estrellas lo invadían, pero tan sólo le llamaba la atención la que más luz emitía...
Ella sabía que era él.

jueves, 1 de octubre de 2015

Hay algo que no entiendo

 
Hay algo que no entiendo. No entiendo por qué en las Fashion Weeks y, en concreto, en los desfiles, hay filas de invitados mirándolo a través de la pantalla del móvil cuando pueden disfrutar del momento en persona, observando las diferentes tonalidades de las prendas, percibiendo el movimiento de ellas por cada paso que da la modelo y apreciando la delicadeza del tejido, porque esos son detalles simples, pero bonitos, son detalles que revelan la exquisita calidad de las prendas, detalles que una cámara o un simple vídeo no pueden captar. 

Siempre me fijo en la primera fila, que es la que más suele llamar la atención, bien por su proximidad a la pasarela o bien porque en ella suelen encontrarse las personas más importantes de la industria de la moda, y distingo a un conjunto de asistentes de entre los cuales la mayoría se encuentra con la cabeza gacha y escribiendo o posteando en Instagram. Otros prefieren contemplar el espectáculo a través del aparato como si lo estuvieran viendo online desde sus casas y, unos pocos, se hallan con las manos vacías sobre las piernas mirando de arriba abajo toda la colección o con un bolígrafo en la mano haciendo anotaciones en sus libretas.

A mí me encanta la fotografía, me gusta capturar los instantes y conservarlos como recuerdos, por lo que no considero mal hacer fotos a algún look o hacer algún vídeo, repito, algún. Ver un desfile en vivo y en directo es un momento único, un privilegio, y a veces, me da la impresión de que muchos invitados no saben valorar la suerte que tienen. No sé cómo se sentirán los diseñadores con esa actitud pero, si yo lo fuera, adivinad mi reacción.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Lo bueno ha terminado


Se despertó con el sonido del mar, de las gaviotas intentando llevarse al pico algún pez despistado, y del chapoteo desesperado de otro que intentaba salvar su vida de las garras del fiero ave. Una tenue luz se filtró por las cortinas de gasa e iluminó la habitación con el propósito de dar los buenos días al que dormitaba entre las sábanas. El individuo, con los ojos entreabiertos, fijó la mirada en la sombra de una palmera que el sol de la mañana había dibujado en la pared, como quien se levanta y, sentado en la cama, mira absorto una zapatilla de estar por casa. Así se quedó largo rato hasta que sus pensamientos se vieron interrumpidos por la repentina aparición de una sombra felina que acompañaba a la palmera. Aquella mancha negra desapareció y reapareció en su forma física apoyando la cabeza en la pierna de su amo. Pero tan pronto como vino se fue, gateando silenciosamente en dirección a alguna parte de la casa. Él, finalmente, se levantó y se dirigió hacia la terraza mientras la madera crujía bajo sus pies. El aire fresco actuaba como el agua fría en la cara. Se había levantado más pronto que de costumbre, pero el momento que estaba viviendo lo merecía. El sol de Bali se situaba justo encima del mar, del límite que nuestra vista traza en forma de línea cuando somos incapaces de ver más allá. Era intenso, cegador, su luminosidad abarcaba todo el cielo, y estampaba tonalidades que pasaban desde el naranja más intenso y llamativo hasta el más claro y suave. En el mar se creaba un degradado que pasaba por toda la gama de los azules. Empezaba en la orilla, donde los colores celestes casi blancos se iban convirtiendo en oscuros conforme se acentuaba la profundidad. La marea era baja y el agua tan cristalina que los seres marinos quedaban totalmente visibles y desprotegidos. El observador se rascó la barba, luego la cabeza, y se dio cuenta de que la brisa marina había transportado sustancias salinas a su cuero cabelludo. Era la única sensación que odiaba de la playa, eso y la arena dentro del bañador. Cuando quiso darse la vuelta para volver a entrar en la casa un majestuoso delfín saltó saliendo del agua y le gritó “¡buenos días!”, también las gaviotas, los peces desde el agua, y los ermitaños que pasaban por allí con su concha a cuestas mientras le dedicaban un baile al son de “Its a beautiful day” de Michael Buble. Esto lo sobresaltó y por un acto reflejo tambaleó la mesita de exterior que había a su lado. Con una expresión de total perplejidad y extrañeza, empezó a gesticular y a hablar con monosílabos para sí mismo intentando explicarse aquella situación. Pero todo era un sueño.

Cuando abrió los ojos su gato estaba lamiéndole la cara, se incorporó y se sentó, poniendo los pies en el frío mármol del suelo. Miró el reloj y, una vez más, se había levantado diez minutos antes de que sonara el despertador. Alzó la vista y miró a través de los amplios cristales que ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad. Estaba amaneciendo. Las luces de las farolas se apagaban y el tráfico comenzaba a hacerse notar. Las calles empezaron a llenarse de gente que andaban a paso acelerado. Bajó la mirada hacia la mesita de noche y cogió el folleto de Bali. Lo bueno había terminado.
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